miércoles, 14 de mayo de 2014

1.- La Misa
Etimología


La misa se trata de un evento litúrgico en el que se conmemora el sacrificio realizado por Jesucristo, gracias al cual, según la fe católica, la humanidad fue liberada del pecado original.
En este acto religioso simbólicamente se le entrega a los presentes el cuerpo y la sangre de Cristo, por medio del pan y el vino consagrados por un sacerdote formado y capacitado por la Iglesia para tan fin.
La Santa Misa, como también se le domina a esta congregación de fieles, fue institucionalizada por el propio Jesucristo en la última cena que tuvo con sus apóstoles.
Bajo los lineamientos del catolicismo, en la misa se efectúa la renovación del sacrificio hecho por el Hijo de Dios en el Calvario, a través del sacramento representado por la Eucaristía, en la que se realiza la consagración del vino y el pan, siguiendo un procedimiento sacramental que es ejecutado por el sacerdote que dirige el acto.
Vale destacar que al proceso mediante el cual se transforman el pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo, respectivamente, se le conoce como transustanciación.
A decir del dogma de origen católico luterano, la eucaristía está compuesta por el real cuerpo y la sangre de Jesús de Nazaret, los cuales se entregan a los devotos en el Santo Sacramento del Altar, con el objetivo de que sean perdonados sus pecados y se refuerce su fe como cristianos.
En ese sentido, quienes siguen la corriente luterana no creen en el efecto transustanciación, sino más bien en la unión por medio del sacramento, lo que significa la alianza particular dispuesta por Dios para que el cuerpo y la sangre de su único hijo se mezclen con el pan y el vino consagrados.










1.2 HISTORIA 
La misa occidental, como todas las liturgias, comienza, claro, con la Última Cena del Señor. Lo que Él hizo, reiterado en memoria suya según su mandato, es el núcleo de la misa. Tan pronto como llegó la fe a Occidente se comenzó a celebrar la Eucaristía, al igual que en Oriente. Al inicio, el lenguaje usado era el griego. De esa liturgia original, y habiendo cambiado la lengua al latín, nacieron los dos grandes ritos occidentales: el latino y el gálico (Cfr. LITURGIA). De esos dos, la misa gálica puede ser rastreada más fácilmente. Es tan antioquena en su estructura y en el texto de muchas de sus oraciones, que podemos estar seguros al afirmar que constituye una forma traducida de la liturgia de Jerusalén-Antioquía, llevada a Occidente casi al mismo tiempo que la más o menos flexible liturgia universal de los primeros tres siglos daba origen a los diferentes ritos fijos (Cfr. LITURGIA; RITO GALICO). El origen de la misa romana, por otra parte, es una cuestión más difícil de resolver. Tenemos aquí dos datos ciertos y establecidos: la liturgia griega descrita por san Justino Mártir (+ circa 165), que es la de la Iglesia Romana del siglo II y, en el otro extremo del desarrollo, la liturgia de los primeros sacramentarios romanos en latín, del siglo VI. Ambos son diferentes. La descripción de Justino nos muestra un ritual al que hoy llamaríamos del tipo oriental, que corresponde con notable exactitud al de las Constituciones Apostólicas (Cfr. LITURGIA). Los sacramentarios Leoniano y Gelasiano, por su parte, nos permiten conocer lo que hoy es prácticamente nuestra actual misa romana. ¿Cómo pasó la celebración de uno a otro rito?. Esta es precisamente una de las dificultades principales en la historia de la liturgia. Durante los últimos años, sobre todo, se han propuesto toda clase de soluciones y combinaciones. Empezaremos por observar algunos puntos ciertos que pueden servirnos de referencia en una investigación.
Justino Mártir, Clemente de Roma, Hipólito (+ 235) y Novaciano (+ 250), todos están de acuerdo en las liturgias que describen, si bien la evidencia de los últimos dos es muy débil (Probst, "Liturgie der drei ersten christl. Jahrhdte"; Drews, "Untersuchungen über die sogen. Clement. Liturgie"). De entre los Padres de los primeros tres siglos, Justino es quien nos ofrece la descripción más completa de la liturgia (Apol. I, LXV, LXVI, citado y disutido en LITURGIA). Nos describe cómo se celebraba la Sagrada Eucaristía en la Roma del siglo II. Su narración es un punto de partida necesario, un extremo de la cadena cuyos eslabones intermedios andan extraviados. Apenas tenemos datos sobre los diferentes pasos que siguió el desarrollo del rito romano en los siglos III y IV. Es un tiempo de misterio en el que abundan las conjeturas. Pero volvemos a tomar piso firme al inicio del siglo V, luego de un cambio radical. Son de este tiempo el fragmento del Pseudo-Ambrosio, “De sacramentis” (alrededor del año 400. Cf. P.L. XVI, 443), y la carta del Papa Inocencio I (401-417) a Decencio de Eugubio (P.L. XX, 553). En esos documentos vemos que la liturgia romana ya se decía en latín y que ya su rito era en esencia el que aún usamos nosotros. Algunas indicaciones del fin del siglo IV confirman eso. Poco después llegamos a los primeros sacramentarios (Leoniano, del siglo V o VI; Gelasiano, del siglo VI o VII) y de ahí en adelante se clarifica bastante la historia de la misa romana. Los siglos V y VI son, así, el otro extremo de la cadena. Respecto al intervalo entre el siglo II y el V, durante el cual tuvo lugar el gran cambio, aunque poco conocemos a través de la misma Roma, tenemos datos valiosos que llegan de Africa. Hay muchas razones para pensar que en asuntos litúrgicos la Iglesia de Africa seguía muy de cerca a la romana. Podemos saber mucho acerca de Roma a través de los Padres africanos del siglo III: Tertuliano (+ circa 220), san Cipriano (+ 258), las Actas de las santas Perpetua y Felícitas (+ 203), san Agustín (+ 430) (cfr. Cabrol “Dictionnaire d’archéologie”, I, 591-657). La cuestión referente al cambio del griego al latín es menos importante de lo que pudiera parecer. Simplemente ocurrió cuando el griego dejó de ser la lengua usual de los cristianos romanos. El Papa Víctor I, un africano, parece haber haber sido el primero en utilizar latín en Roma. Novaciano escribe en latín. Hay señales que nos hacen pensar que la costumbre litúrgica de la segunda mitad del siglo III en Roma ya utilizaba el latín (Kattenbusch, “Symbolik”, II, 331), aunque durante muchos siglos se conservaron también fragmentos de griego. Otros escritores piensan que el latín no fue adoptado sino hasta el fin del siglo IV (Probst, "Die abendländ. Messe", 5; Rietschel, "Lehrbuch der Liturgik", I, 337). Sin duda, durante algún tiempo, ambos lenguajes fueron usados a la par. Este asunto ha sido discutido a fondo en la obra de C.P.Caspari "Quellen zur Gesch. des Taufsymbols u. der Glaubensregel" (Christiania, 1879), III, 267 ss. En ocasiones el Credo se rezaba en griego; algunos salmos también. Hasta el siglo VIII, las lecturas del Sábado Santo se proclamaban en griego y latín (Ordo Rom., I, P.L., LXXVIII, 966-68, 955). Aún quedan fragmentos de griego en la misa romana: “Kyrie eleison”, “Hagios O Theos”. El cambio de lengua, empero, no necesariamente implica un cambio de rito. Las alusiones que hace Novaciano en latín acerca de la oración eucarística concuerdan casi totalmente con las que hace Clemente Romano en griego y con las formas griegas de las Constituciones Apostólicas, VIII (Drews, op. Cit. 107-122). Los africanos, Tertuliano, san Cipriano, etc., quienes escribían en latín, describen un ritual my cercano al de Justino y de las Constituciones Apostólicas (Probst, op. cit., 183-206; 215-30). El rito gálico, como muestra Germano de París (Duchesne, "Origines du Culte", 180-217), demuestra qué tan oriental- o sea, griega- puede ser la liturgia latina. Consecuentemente, debemos percibir el cambio de idioma como un detalle que no afectó gran cosa el desarrollo del ritual. Mas indudablemente que el uso del latín sí fue un factor que influyó en la tendencia romana de abreviar las oraciones, de dejar fuera de las fórmulas lo que pareciese redundante, y de simplificar toda la ceremonia. El latín es naturalmente terso, comparado con la retórica abundancia del griego. Esta diferencia es una de las más obvias entre el rito romano y los ritos orientales. (A raíz de la promulgación de la Constitución Apostólica “Sacrosanctum Concilium” del Concilio Vaticano II, en 1963, el latín dejó de ser la lengua universal de la misa. Cada país celebra la Eucaristía en su lengua vernácula, N.T.)
Si pudiésemos suponer que durante los primeros tres siglos existió una liturgia común a lo largo de toda la cristiandad, cuyas diferencias eran simples variaciones de detalles, pero que era uniforme en sus puntos principales, y que esa liturgia común está representada por el capítulo octavo de las Constituciones Apostólicas, en él encontraríamos el origen de la misa romana y de todas las demás liturgias (Cfr. LITURGIA). Hay, claro, razones especiales para asumir que este tipo de liturgia era el que se utilizaba en Roma. Nuestras más grandes autoridades al respecto (Clemente, Junstino, Hipólito, Novaciano) son todos romanos. A pesar de ello, incluso el actual rito romano, que pasó por varias modificaciones posteriores, guarda algunos elementos que se asemejan notablemente a los de la liturgia de las Constituciones Apostólicas. Por ejemplo, nunca ha habido una oración pública para el ofertorio. El “oremus” que se dice antes del ofertorio formaba parte de algo muy distinto: de las antiguas oraciones de los fieles, de las que aún conservamos un ejemplo en la serie de “colectas” del Viernes Santo. El ofertorio se hace en silencio mientras que el coro canta parte de un salmo. Mientras tanto, el celebrante dice algunas oraciones privadas del ofertorio que en la forma antigua de la misa son solamente las “secretas”. Las antiguas secretas son verdaderas oraciones de ofertorio. En el rito bizantino, por otro lado, las ofrendas son preparadas de antemano y se llevan al altar mientras se canta el Cherubikon, y luego ofrecidas sobre el altar por un Synapte público de diáconos y fieles, y la oración es cantada una vez en voz alta por el celebrante (hoy día sólo la Ekphonesis se canta en voz alta). La costumbre romana de un ofertorio silencioso con oraciones privadas se corresponde con el de las Constituciones Apostólicas. También en ellas la rúbrica indica: “Los diáconos llevan las ofrendas al obispo en el altar” (VIII, XII, 3) y “El obispo, orando en silencio [kath heauton, “silenciosamente”] con los presbíteros...” (VIII, XII, 4). Ni duda cabe que en este caso también se cantaba un salmo simultáneamente, que servía de único contraste para la oración callada. Las Constituciones Apostólicas ordenaban que en este punto los diáconos deberían agitar unos abanicos sobre las ofrendas (precaución práctica para ahuyentar los insectos, VIII, XII, 3). Tal cosa se conservó también en Roma hasta el siglo XIV (Martène, "De antiquis eccl. ritibus", Antwerp, 1763, I, 145). La misa romana, al igual que las Constituciones Apostólicas (VIII, XI, 12), tenían un lavatorio de manos directamente antes del ofertorio. Y alguna vez tuvo el ósculo de paz antes del prefacio. El Papa Inocencio I, en su carta a Decencio de Eugubio (416), comenta sobre esta antigua costumbre de ubicarlo ante confecta mysteria (antes de la oración eucarística. P.L. XX, 553). Ahí lo colocan las Constituciones Apostólicas (VIII, XI, 9). En Roma, durante la fracción del pan, y después del Padre Nuestro, el celebrante entonaba: “Pax Domini sit semper vobiscum”. Parece ser que fue a este punto al que se movió primeramente el beso de la paz (tal como lo dice la carta de Inocencio I). Este saludo (he eirene tou theou meta panton hymon: la paz de Dios esté con todos ustedes), único en el rito romano, aparece de nueva cuenta en las Constituciones Apostólicas. En éstas aparece dos veces: después de la intercesión (VIII, XIII, 1) y durante el ósculo de paz (VIII, XI, 8). Las dos oraciones romanas después de la comunión, la post-comunión y la Oratio super populum (ad populum, según el sacramentario Gelasiano) corresponden a las dos oraciones de las Constituciones Apostólicas (VIII, XV, 1-5 y 7-9): una de acción de gracias y una sobre el pueblo.

1.3 PARTES 











ESQUEMA









BIBLIOGRAFIA 




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